La realidad informa que cualquier detective debe explicar al cliente particular en qué consisten sus servicios. Raramente debe hacerlo ante un abogado, empresario o ejecutivo de aseguradora, financiera o responsable de recursos humanos.
La idea al respecto sitúa al investigador privado como personaje de película o novela que usa medios espectaculares, hace toda clase de trampas y cuenta con la impagable ayuda de rubia despampanante para obtener fotos imposibles, pruebas inalcanzables o videos explícitos.
El buen detective debe concretar al cliente en qué puede ayudarle. Hasta ahí todo parece discurrir por terrenos de normalidad. Pero hay un problema. El cliente suele preconcebir qué piensa y espera del detective al que va a contratar o le consulta algún problema por resolver.
Si hablamos de la rancia infidelidad el cliente del detective entiende que al contratarle se obtienen las pruebas precisas para confirmar las peores sospechas o ratificar la más silente paranoia. Cuando no se ‘pilla’ al objetivo in fraganti surge el conflicto. Y esto es lo que sigue al problema. El cliente rechaza el oficio de un sabueso que hace lo que puede y llega hasta donde le dejan las circunstancias.
Si hablamos de un fraude laboral, peleas vecinales, herencias o pruebas pre o post divorcio el cliente espera resultados que hagan rentable la minuta que paga. De no existir, poniendo a prueba la neutralidad del profesional, hay lío asegurado. La primera medida del cliente es no pagar. La segunda descalificar al detective. Y la tercera pedirle lo que jamás ha contratado, verbalizado o imaginado cualquier bienpensante: el detective no sabe, ni puede adivinarlo, que espera el cliente de sus servicios.
Entonces cabe hablar de las expectativas reales del cliente de su detective. Y decimos ‘su’ porque quien paga singulariza algo que debe adivinar el investigador privado.
Pongamos ejemplos: cuando cualquiera va al médico se espera mejorar una salud que atraviesa malos momentos. Del galeno se espera que tengo suficiente ojo clínico para adivinar el mal que se trata de curar. Del fontanero se espera algo más prosaico: paralizar, por ejemplo, un salidero y reparar las tuberías rotas. De un abogado se espera que gane un pleito o defienda adecuadamente una acusación para tumbarla.
Pero, estimados lectores, es un misterio a veces qué espera el cliente del detective. El sabueso tiene dos casos: uno con las esperanzas del cliente; otro con lo que quiere contratar.
La realidad, como vemos, supera la ficción.